Las Termas Romanas a través de los pinceles

El baño, 1882, de Alessandro Pigna

Artículo de Mª Ángeles Ceballos-Hernasanz. Doctora en Medicina y Médica Hidróloga.

¿Quién estando sumergido en las aguas de cualquiera de nuestros balnearios no ha pensado alguna vez en cómo serían las Termas en la época de los romanos?

Para satisfacer esta curiosidad contamos con las obras pictóricas de diversos artistas, coincidentes todos ellos en el siglo XIX, que si bien siendo de procedencias diversas, como Holanda, Italia, Santo Domingo, Inglaterra, Rusia o España, poseen unas características comunes: la fascinación por el mundo antiguo, su vida cotidiana y sus costumbres, el haber viajado a Italia y concretamente a Roma, Pompeya y Herculano, el ser hombres cultos, con una gran formación en historia y además haberse movido en el clasicismo (academicismo) a la hora de llevar a cabo sus obras.

Pompeyanas en el Frigidarium, 1897, de Pedro Weingärtner

 

De la mano de estos nueve artistas: Lawrence Alma-Tadema, Niccolo Cecconi, Théodore Chassériau, John William Godward, Domenico Morelli, Pedro Weingärtner, Alessandro Pigna, Fyodor Andreyevich Bronnikov y el español Manuel Ramírez Ibáñez, vamos a hacer un recorrido por las distintas estancias de las Termas, descubriendo con qué magistral belleza han mezclado realidades de aquellos momentos, basadas en hallazgos arqueológicos, con fantasías propias de cada artista. Junto a ellos conoceremos aspectos de los personajes que frecuentaban los baños, así como de los  trabajadores que los mantenían a punto, tanto en lo relativo a su subsuelo como en las propias Termas, y vamos a pararnos en algunos detalles de los objetos que con gran minuciosidad y exactitud nos han reflejado a través de sus pinceles. En sus obras, especialmente en las de Alma-Tadema (Dronrijp, 1836 – Wiesbaden, 1912), se van a reflejar fragmentos perfectamente identificables de diversas Termas Romanas, como las de Diocleciano (inauguradas en el 305 d.C. y en funcionamiento hasta el 537 d.C, con capacidad para 3.000 personas) o las de Antonino, más conocidas como de Caracalla (iniciadas por Septimio Severo en el 206 d.C. y finalizadas por el propio Caracalla hacia el 217 d.C. en funcionamiento hasta el 537 d.C. con cabida para 2.000 personas). Este pintor mezcla con la libertad de un artista, en una misma obra pictórica, estructuras arquitectónicas y distribuciones de varias de ellas dando un resultado diferente a la realidad, pero a la vez permitiendo que lo retratado en su obra sea perfectamente reconocible. Otros de los artistas van a reflejar exclusivamente las Termas de Pompeya, donde se encontraban cuatro establecimientos diferentes: Las Termas Estabianas, las del Foro, las Suburbanas y las Centrales.

La Costumbre favorita, 1909, de Lawrence Alma-Tadema

 

Las Termas Romanas, motivo de inspiración pictórica

Comenzando por la arquitectura que nos muestran estas pinturas puede el espectador de las mismas hacerse una clara idea de la grandiosidad que representaban, no solo por las dimensiones que se deducen de sus perspectivas, con la profundidad necesaria para albergar en su interior, en el caso de las termas de Roma, a las miles de personas que a diario las frecuentaban, sino la dimensión y amplitud de los techos abovedados. Concretamente, Alma-Tadema, conocido como el “pintor del mármol” por la precisión y belleza con la que lo refleja en sus cuadros, nos muestra una arquitectura majestuosa, espléndida, con grandes columnas lisas exentas, de mármoles veteados que dan amplitud y espaciosidad a los diferentes recintos; o las representadas por Alessandro Pigna (1862–1919), acanaladas pero igual de imponentes; o las pilastras que resaltan algunas de las estancias.

Otro punto a considerar son los suelos que, según la zona a las que estén destinados, aparecen lisos en grandes planchas monocromas, favoreciendo la sensación de una mayor dimensión, o en otras ocasiones son auténticos mosaicos, cuyas dovelas de distintos colores permiten dibujos geométricos, sin olvidar los diseños limpios y  elegantes de las escaleras tanto de acceso a las diversas estancias como a los propios baños.

Los mármoles veteados parecen reservados para las paredes y sus frisos, haciendo toda una serie de combinados, que en parte compactos y en parte veteados, despliegan toda una gama  de marfil, crema rosáceo, vetas blancas y rojas, o en color negro, dando una imagen de lujo y elegancia tanto en la representación de envejecido, abujardado, pulido o con vetas blancas; también el mármol rojo que da calidez y sensualidad, luminosidad y elegancia que a su vez puede tener vetas blancas en toda su extensión; o el marrón que siempre da calidez, pero no faltan el rosa, el amarillo, el verde intenso con vetas o pigmentado. Algunos de los pintores, como John William Godward (Londres, 1861-  1922), utilizan estos mármoles en las paredes como fondo de sus cuadros de Termas como único tema decorativo y a la vez lo suficientemente sugerente para no tener que poner como ornamento nada más. Pero no pueden pasarse por alto las bañeras individuales, en un blanco casi perfecto como recién extraído de las canteras de los Alpes Apuanos, en Carrara, maravillosamente esculpidas y pulidas en un solo bloque. O bien, aunque no se reflejan en ninguna de las obras pictóricas reseñadas, podían ser a modo de grandes tinas de granito negro.

 El Gran baño,  1885, Niccolo Cecconi.
La casa de baños romanos, 1859, de Fyodor Andreyevich Bronnikov, uno de los pocos pintores que refleja la imagen de los baños solo para hombres.
Baño pompeyano, 1880, de Manuel Ramírez Ibáñez (Arjona, 1856 – Madrid, 1925).

 

Un viaje al interior de las Termas

Inicialmente se entraba en el Vestíbulo, lugar amplio, de tránsito, que distribuía la circulación de personas hacia otras estancias más concretas. Así, la primera de ellas era el Apoditerium o vestuario, el lugar donde los bañistas se desvestían a su llegada y se vestían una vez finalizados los baños. En la pared, a una cierta altura, había unas hornacinas sin puertas, que podían ser de mármol o de madera, donde dejaban sus vestidos y pertenencias y en la parte baja, adosado a la pared, un banco continuo del mismo material. En este lugar esperaban los sirvientes, o capsarii, hasta que sus amos terminaban la larga jornada, que habitualmente era de varias horas, cumpliendo así dos cometidos distintos, uno estar a disposición de sus amos por si estos terminaban antes su estancia en las Termas y poder ayudarles a vestirse, pero también vigilar sus pertenencias durante los baños.

El Tepidarium, 1853, de Théodore Chassériau
Frigidarium, 1856, de Fyodor Andreyevich Bronnikov.

 

Lo habitual era dirigirse inicialmente a la Palestra o zona de ejercicios físicos, donde la persona comenzaba a sudar. Desde allí pasaba al Laconicum (sala de calor seco) o bien al Sudatorium (sala de calor húmedo), para seguir activando y fomentando la traspiración. Los siguientes lugares eran los conocidos como Conisteria o lugar de masajes y Olisteria lugar donde se aplicaban ungüentos.

El primer espacio para tomar contacto con las aguas era el Caldarium, el aposento de mayores dimensiones y el más ricamente decorado. En él podían encontrarse el alveus, que se situaba en el centro y permitía que se sumergieran en su interior varias personas, los denominados labra, que eran depósitos más pequeños situados en los extremos del Caldarium, y las bañeras individuales, pero de unas dimensiones que permitían de forma holgada sumergir el cuerpo y permanecer en decúbito supino durante minutos. En cualquiera de las modalidades, alveus, labra o bañera, la persona permanecía sumergida, sin hacer movimientos. A la salida del baño se sentaba en los troni solia, o sillas con respaldo, para reposar unos momentos mientras se pasaba del calor del agua al calor ambiental, antes de pasar a la siguiente estancia.

Una vez terminado el baño en el Caldarium era preciso hacer un reposo más intenso, de varios minutos, y para ello se pasaba al Tepidarium consistente en un lugar templado donde también era posible sumergirse en el agua a una temperatura indiferente o permanecer en sus instalaciones haciendo reposo en las bancadas al uso, sobre las cuales se extendían pieles de animales para evitar un contacto desagradable entre el cuerpo caliente y la piedra mucho más fría. El siguiente recinto era el denominado Frigidarium o baño de agua fría para terminar de provocar en el agüista una estimulación y tonificación. Solía ser una sala no muy amplia, con cúpula bajo la cual solía encontrarse el baptisteria o pilastra grande que contenía el agua fría.

Los baños Antonianos o de Caracalla, 1899, Lawrence Alma-Tadema, una de las pocas pinturas que representa los baños mixtos de hombres y mujeres.
Baño en Pompeya, 1897, Pedro Weingärtner, en donde puede apreciarse el brasero o fuculus.

 

Las termas podían tener, además, si se lo permitían las dimensiones del establecimiento, un recinto para el baño frío pero situado en el exterior, sin techumbre, denominándose entonces Natatio, dado que este último al ser más amplio permitía incluso hacer movimientos e incluso natación. 

Si las Termas en cuestión eran grandes podían constar de dos Tepidarium y dos Frigidarium, para que se pudiese hacer un circuito más fluido, o incluso para hacer una separación entre hombres y mujeres, pues si bien inicialmente se permitía el acceso conjunto de hombres y mujeres a todas las zonas, con el tiempo se fue buscando la separación por sexo, para lo cual se marcaban itinerarios o incluso horarios diferentes. Esta puede ser una de las causas por las cuáles en las diferentes obras de los artistas reflejados predominan los cuadros con mujeres y sólo Alma-Tadema en una de sus obras los muestra juntos y Fyodor Andreyevich Bronnikov (Rusia, 1827-1902), refleja la estancia y el baño sólo para hombres.

Los trabajadores y esclavos

En el desenvolvimiento habitual de las Termas había diferentes hombres y mujeres que permanecían trabajando en diversos oficios durante todo el tiempo en el que permanecían abiertas, tiempo que variaba con la época del año. Así, en el invierno el horario era de la “hora quarta” (de las 9.46 a las 10.31 horas en el cálculo actual) a la “hora duodécima” (de las 15.42 a 16.27 horas actuales), mientras que en el verano la apertura iba de la “hora quinta” (de las 9.29 a las 10.44 horas) a la “hora duodécima” (de las 18.17 horas a 19.33 horas). Esto puede explicar la diferente luminosidad reflejada en los cuadros, desde una hora más temprana en los de Alma-Tadema a momentos más entrados en el atardecer como los reflejados por Domenico Morelli (Nápoles, 1826 – 1901), o Pedro Weingärtner (Porto Alegre, 1853 – 1929).

Alma-Tadema ha representado a tres de estos trabajadores queriendo darles toda la importancia de ser los únicos personajes en el cuadro, sin restarles ni un ápice de protagonismo. Uno de ellos es ese esclavo que permanece en el subsuelo de las Termas, soportando altas temperaturas y haciendo un gran esfuerzo físico para abastecer de madera el gran horno o Furnum, avivando las llamas y procurando que no cese la actividad en el Hypocaustum, consistente en un sistema de calefacción que circulaba por el suelo, inventado por el ingeniero romano Cayo Sergio Orata, que permitía tener caliente el suelo del Tepidarium y en mayor medida el del Caldarium y el agua contenida en éste destinada a abastecer los baños de mayor temperatura, así como garantizar que el calor circulara por los tubuli o conductos de barro cocido distribuidos por las paredes de estas dos estancias. Estos esclavos calzaban unos caligae, zapatos propios de los trabajadores romanos que cubrían todo el pie, consistentes en un cuero dispuesto en forma de tiras para favorecer la traspiración, unido a una gruesa suela también de cuero y todo ello sujeto al tobillo por una correa para favorecer la sujeción del pie y la pierna. Se puede ver que como única vestimenta lleva el subligaculum o túnica de lino y un cinturón fuertemente ajustado a su cuerpo que le permite sujetar la ropa, pero también reforzar su zona lumbar en el trasporte de pesos.

 También había esclavos dentro de las Termas, ya fuera porque las personas que acudían a ellas llevasen sus propios sirvientes, como puede comprobarse en los cuadros de Domenico Morelli o Niccolo Cecconi (Firenze 1831 – 1901), o bien porque los servicios eran prestados por esclavos dependientes de las Termas, como ocurre en los cuadros de Alma-Tadema. En este último caso hay que diferenciar entre quienes atendían a los hombres y quienes atendían a las mujeres.

Los bañeros, todos ellos esclavos, esencialmente estaban en los lugares donde se hacían los baños calientes o templados, para ayudar a los clientes a introducirse en los mismos y para ayudarles a salir de las bañeras individuales. Igualmente eran los encargados de la limpieza de toda la superficie corporal de quien estaba sumergido en el agua, lo cual hacían con las esponjas; también utilizaban con destreza los estrigil, instrumento del cual se hablará más adelante. Su ropa era sencilla consistente en un subligar o subligaculum cictus de lienzo enrollado varias veces alrededor de las caderas y anudado. Las mujeres eran atendidas por esclavas o balneatrix, y al igual que los bañeros manejaban con cuidado y rapidez las esponjas y los estrigil. Vestían un subligaculum consistente en una sencilla y ligera túnica, y calzaban unos botines que les permitían deambular por todas las instalaciones de las Termas protegiendo sus pies del calor irradiado por el suelo. Portaban a modo de toallas lienzos de lino para que las agüistas cubrieran su cuerpo a la salida del baño.

 

Utensilios utilizados en las Termas Romanas

Tal vez sea Alma-Tadema el más fiel al momento y a la escena narrada en sus cuadros, debido en parte a su gran afición a la fotografía, que hizo que tuviese una gran colección de ellas, unas efectuadas por él mismo y otras compradas con ocasión de sus viajes a Roma y su estancia por las ruinas recién descubiertas de Pompeya y Herculano. Este material fotográfico le permitió tener un perfecto conocimiento de los objetos que se encontraban en las excavaciones arqueológicas como el strigil o estrigilo, consistente en un objeto de metal, largo y fino que podía estar más o menos contorneado, cuyo fin era la utilización como rascador o arrastrador, que permitía la limpieza del cuerpo al pasarlo sobre la piel de forma suave pero firme y así arrastrar la capa de aceite o ungüento que se había aplicado sobre la piel en los Olisteria. Su uso era totalmente común en las Termas. También podían utilizarse los strigil antes de sumergirse en el baño para quitar las células muertas y favorecer la transpiración. Podían ser aplicados por los esclavos o por la propia persona que tomaba el baño como se observa en el cuadro titulado “Strigils y esponjas”.

Otro de los objetos perfectamente representado por Alma-Tadema son las esponjas naturales, extraídas del mar por los urinatore, que permitían frotar toda la superficie corporal de una forma suave. Sólo se impregnaban en agua, pues aún no se había descubierto el jabón, y eran de gran tamaño y muy valoradas gracias a su gran capacidad de absorción.

Un nuevo objeto presente en las Termas son los braseros o fuculus, consistentes en una pieza singular cuya función era calentar el ambiente y cuyo material era de bronce. Solían encontrarse en el Apoditerium, como aparece representado en el cuadro Baño en Pompeya de Pedro Weingärtner, o en el Tepidarium, como en el cuadro de igual nombre de Théodore Chassériau (Limón, isla de Santo Domingo, 1819 –Paris, 1856), donde refleja las Termas del Foro de Pompeya, pero también podían encontrarse en un área abierta como la Palestra. Tenían patas para estar separados del suelo y no dañarlo con el calor desprendido.

Y un último objeto que no podía faltar en las Termas eran los sculponae, consistentes en unas sandalias con suela de madera en relieve por la parte que daba a la planta del pie y un tacón delantero y otro trasero en la parte que daba a la calzada y se unían al pie mediante una cincha de cuero. Un diseño que permitía resistir las altas temperaturas del suelo del Caldarium y la humedad no sólo existente en él, sino también en el Tepidarium y Frigidarium. Tan sólo lo mostró en un cuadro Niccolo Cecconi, dado que el resto de los artistas han preferido mostrar a los bañistas descalzos.

Gracias a todos estos pintores, su destreza con los pinceles, su maestría con el dibujo, su capacidad creativa y su aptitud para mostrarnos el pasado, podemos tener una visión más real de cómo fueron las Termas Romanas.

 

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